Parque Natural Bahía de Cádiz

Parque Natural Bahía de Cádiz


San fernando, Cádiz


DESCRIPCIÓN

El Parque Natural Bahía de Cádiz es una joya biológica en medio de un entorno hostil. Este particular mosaico de esteras, cañas, pinares, fragmentos de marisma virgen y playas de dunas sobrevive milagrosamente de espaldas a un poderoso cinturón industrial, núcleos urbanos de apretada población. Su complejo universo ecológico palpita a la sombra de la entrañable ciudad de Cádiz, que el mar ya se ha tragado dos veces, inmerso en una atmósfera de marcado talante metropolitano. Crisol de razas y culturas, ha conseguido resistirse a los embates del hombre y del tiempo tras milenios de intensa ocupación. Hace tres mil años que los tartessos, la civilización más antigua de occidente, ocupaban la desembocadura del Guadalquivir,  explotando las salinas y las minas de su valle abierto a dos mares; fueron famosos como orfebres y adoraban a la luna. Posteriormente fueron los fenicios llegados de oriente los que instalaron allí la colonia comercial de Gades, ascendiente milenario de la actual capital gaditana.

El Parque Natural Bahía de Cádiz se extiende ocupando parte de los terrenos de los municipios de El Puerto de Santa María, Puerto Real, San Fernando, Cádiz y Chiclana de la Frontera. En la zona occidental en calidad de espacio protegido desde el año 1989 y en la oriental albergando dos zonas de protección especial, catalogadas como Parajes Naturales: la Isla del Trocadero, con quinientas veinticinco hectáreas de superficie, y las marismas de Sancti Petri ciento setenta hectáreas. Ambas tienen el acceso restringido y requieren la obtención de un permiso para visitarlas.

 Es la primera área de España en reproducción de aves laro-limícolas, donde la avoceta, el chorlitejo patinegro, el chorlitejo grande, la cigüeñuela, la canastera y el charancito suponen el trece por ciento de la población nacional de nacimientos de estas especies, es además el tercer núcleo reproductor de la espátula en la península. Ha sido catalogado como Humedal de Importancia Internacional bajo los auspicios del Convenio de Ramsar y Zona de Especial Protección para las Aves. Este rango se logra cuando la concentración de aves alcanza el uno por ciento de su dotación mundial y el Parque Natural Bahía de Cádiz congrega a más de treinta mil ejemplares de la invernada atlántico-oriental. Siete especies cumplen con creces esta condición: la avoceta, la cigüeñuela, la espátula, el chorlitejo grande y el chorlitejo patinegro, la aguja colinegra y el archibebe común. La Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad de Cádiz ha registrado más de sesenta y cinco mil ejemplares ce una misma especie tras el paso post-nupcial de ciertas aves. A esas se suman generosas candadas de cormoranes moñudos, flamencos, ostreros, águilas pescadoras, colonias de láridas y ardeídas variadas, y un censo de avistamiento de más de doscientas especies ornitológicas. Bajo la superficie salada que baña sus costas también hierve la vida con la riqueza y variedad de unos recursos pesqueros y marisqueros que han marcado la cultura, las tradiciones, las costumbres y la historia de sus gentes. El saco interno de esta bahía aloja hasta cuarenta y ocho especies diferentes de peces teleóstomos, es decir, con esqueleto. Su densidad de reproducción convierte esta zona de alevinaje en un auténtico jardín de infancia marina. Sólo en el río San Pedro se han contabilizado hasta veinticinco mil alevines diarios que entran desde mar abierto hasta sus marismas y salinas para nutrirse y crecer.

 El Río Guadalete en tiempos ancestrales excavó en la costa un amplio estuario y con la ayuda del océano Atlántico protagonizó el proceso geológico que dio origen a la Bahía de Cádiz. Su serpenteante cauce atraviesa toda la superficie de marismas y salinas en compañía del río San Pedro, el caño de Sancti-Petri, médula espinal de las salinas gaditanas, el de la Merced, el del Aguila o el Chico de Puerto Real que componen su generosa red hidrográfica. La acción erosiva de esta red fluvial y del intenso oleaje que sacude su litoral forjó sus playas, arenales y dunas. De clima templado y escasas precipitaciones, no conoce los rigores del invierno y recibe la visita veraniega tonto de los vientos frescos y húmedos de levante como de los cálidos y secos de poniente que llegan del norte de Africa. La incesante presión humana a la que ha sido sometido ha transfigurado radicalmente su paisaje. En sus extensas planicies destacan aprovechamientos tradicionales ligados al mar como de salinas y esteros, junto con zonas arboladas relativamente grandes en otro tiempo explotadas forestalmente. Frente a enormes complejos industriales y zonas turísticas claramente enfocadas hacia la playa, padece el acoso de las tensiones urbanísticas en sus bordes. Su dinámica está íntimamente relacionada con el entorno metropolitano, y lo aboca a un uso público de carácter recreativo-educativo.

 El Caño de Sancti-Petri, surca el Parque Natural y en el pasado la captura de atún dio vida o una floreciente industria conservera en Chiclana de la Frontera, evacua sus aguas hacia la Bahía de Cádiz y hacia Atlántico. Cuando la marea crece es posible remontar su curso desde el Club Náutico de Sancti-Petri en Chiclana de la Frontera a lo largo de unos dieciocho kilómetros. Al poco de emprender la ruta aparece por su margen derecho todo el esplendor del Paraje Natural de la Marisma de Sancti-Petri. A continuación fluyen en forma de laberinto los numerosos caños secundarios que reciben sus aguas y salinas. El dinamismo salinero de antaño es sólo un recuerdo que se perpetua en los innumerables edificios en ruinas que salpican su geografía sotada. Hoy solo se encuentra en activo una en El Puerto de Santa María, con cuatrocientas hectáreas de extensión y cuando se encuentra en época de extracción es digna de ver con inmensos cristalizadores cubiertos de infinitas capas de impoluta sal blanca o empapados de aguas rojas a punto de cuajar. Desde la Punta del Boquerón, extremo de la barra arenosa que cierra parcialmente el caño de Sancti-Petri, se divisa una bella panorámica del castillo de Sancti¬Petri. Se asienta sobre un islote y cuando la marea está alta parece emerger del mar, aunque en bajamar es posible acceder a él a través de una lengua de arena. Otro de sus encantos es el maravilloso Pinar de La Algaida, una masa forestal rodeada de pastizales en las inmediaciones de Puerto Real, El Puerto de Santa María y Cádiz. En pletórico estado de conservación, brota sobre una lengua arenosa de unos cuatro kilómetros de longitud que parte del caño de la Cortadura en paralelo al margen izquierdo del Caño de San Pedro. En dirección al puente de la Venta El Maka y a través de su margen derecho nos adentramos en Las Marismas de los Toruños que encierran todo el sabor del paisaje marismeño en estado puro. Cuando la marea azota con fuerza resulta espectacular ver como su tierra firme desaparece ante nuestros ojos y queda totalmente cubierta por una lámina líquida. A través de ella entramos en la hermosa playa de Levante que alberga cuatro kilómetros de litoral semi virgen, con dunas de arena rubia, desde donde se obtiene una panorámica de la totalidad de la Bahía de Cádiz. Otras preciosas y extensas playas son las de Camposoto y el Castillo, enmarcadas por un cordón de dunas, así como la de Cachucha y la del Río San Pedro. El río Arillo marca la frontera entre los términos municipales de Cádiz y San Fernando.

 Entre los valores históricos y etnográficos del Parque Natural Bahía de Cádiz destaca el Islote de Sancti-Petri, el Molino de San Juan de Bátivas, el Molino y las compuertas del río Arillo, los restos de las Baterías de Rutia, Baluartes y las edificaciones de defensa del puente Zuazo, el fuerte de San Luís, el varadero del Trocadero y las instalaciones portuarias del Caño de Herrera.

 Su carácter marino está representado par aquellas zonas de la bahía que permanecen ocupadas por las aguas de forma permanente. Como consecuencia de las constantes descargas fluviales que acontecen en sus dominios, se muestran turbias pero depositarias de una elevada productividad biológica. En sus fondos abundan moluscos como las cañadillas o el caracol marino de concha alta y un sinnúmero de peces, tales como tordos, cabrillas, raspallones, sapos, salmonetes, chocos, lisas, chovas y róbalos, a veces se internan otros propios de mar abierto, especialmente delfines y algún que otro cachalote. Las aves más características son las gaviotas, en sus cinco variantes de sombría, enana, cabecinegra, argéntea y reidora, así como el charrán patinegrao y charrancito, junto con especies marinas invernantes como el págalo grande y el págalo parásito, el alcatraz y la pardela cenicienta. También acuden una importante población de aves buceadoras que se alimentan de peces y organismos del fondo. Entre ellos destaca el cormorán grande, el cormorán moñudo, el ánade silbón, el pato cuchara, el somormujo lavanco, el zampullín cuellinegro, la alca común, los negrones y las serretas medianas.

 Las planicies fangosas, conocidas como la Isla Verde, aderezan otro hábitat bien diferenciado donde los flujos de la marea someten su fisonomía a constantes períodos de inmersión y emersión a lo largo del día. Se despliegan a lo largo de toda la franja de contacto con las aguas de la bahía, en particular en la llamada bahía chica y en las orillas de los caños que emergen en bajamar. En invierno, el ánade silbón llega a congregar a más de diez mil ejemplares en su regazo cenagoso así como otras especies habituales tales como el chorlitejo grande, chico, gris y patinegro, la aguja colinegra o el archibebé, entre otros.

 Los caños, cuyo caudal fluctúa al son de las mareas, surcan tanto las marismas como las zonas transformadas en salinas y en ellos los moluscos, crustáceos, peces e invertebrados se buscan la vida acechadas por la garcilla bueyera, la garceta común, la garza imperial o la garza real. También frecuentan los caños el chorlitejo gris, patinegro, grande y chico, el correlimos gordo, menudo, tridáctila y zarapitín, la agachadiza chica y común, la aguja colipinta y colinegra, el andarríos grande y chico, el archibebé oscuro, claro y común, la cigüeña blanca y negra y la espátula. Las marismas aparecen dispersas en forma de franjas estrechas enmarcadas entre las cañas y las salinas o entre éstas y las planicies fangosas. Las más esplendorosas y vírgenes son las de la Isla del Trocadero, las de Sancti-Petri y la de Los Bruños. Junto a moluscos, crustáceos, insectos acuáticos y la mayor parte de los pájaros mencionados, acogen a ciertas aves que no san características del paisaje litoral como la golondrina común, la perdiz roja, la cogujada montesina y común, la collalba gris y rubia, la tarabilla común y lo terrera marismeña, en compañía de algunas rapaces como el aguilucho cenizo y lagunero, y el ratonero común que normalmente habita en los pinares. La mano del hombre ha modelado la marisma dando vida a un particular ecosistema de identidad salobre con una preciosa vista de Cádiz como telón de fondo. Son los esteros, esas bandejas de agua salada donde se ubican los salineros, de escasa profundidad. Muchas de las antiguas salinas gaditanas cayeron en desuso y han sida recicladas como criaderos industriales de peces. La piscifactoría de la salina San Juan Bautista y la planta de engorde de alevines de la salina de El Palmar dan buena cuenta de esta saludable actividad acuicultora en la zona. El flamenco y el martín pescador constituyen una rareza en la bahía y su presencia en las salinas suele deberse a que estén de paso o a que en los rigores del verano se seque la malagueña laguna de Fuentepiedra.

La influencia marina apenas se deja sentir sobre los pinares que tapizan algunos rincones del Parque Natural Bahía de Cádiz. Su fauna adquiere entonces otras connotaciones y hace aparición el gallipato, el sapo de espuelas y el corredor, la rana común, el sapillo pinto y el moteado, el lagarto ocelado, el camaleón, la culebra bastarda, la lagartija colirroja y la rabilarga, el erizo europeo occidental, el ratón casero y el de campo, el zorro, la rata común, el lirón careto, la nutria, el conejo de monte... Las aves están representadas por petirrojos, mirlos comunes, ruiseñores bastardos, buitrones, carboneros comunes, cerdecilios, cernícalos vulgares, ratoneros comunes, perdices rojas, alondras... Entre los rapaces nocturnas destaca el pequeño autillo, la lechuza común, el búho chico y el mochuelo común.
Su valor botánico se acrecenta porque en el Parque Bahía de Cádiz se conservan como oro en paño los últimos veinte ejemplares de la “Verbas cum pseudocreticum”, una planta en serio peligro de extinción. Además es depositario de otras especies sumamente raras y vulnerables como la “Cynomorium coccineum”.
Los pinares del Parque Natural Bahía de Cádiz están representados por el pino piñonero de copa redondeada. Se asienta sobre depósitos arenosos y a su alrededor brota un sotobosque característico a base de lentisco, retama, y en menor medida coscoja, palmito, acebuche y esparraguera.
Los centros de información salpican el Parque Bahía de Cádiz acogiendo al visitante en puntos estratégicos de cada uno de los municipios implicados. Las Bruñas en El Puerto de Santa María, el Río San Pedro, Caño de la Cortadura en Puerto Real, La Salina de El Carmen de Bartivás en Chiclana de la Frontera, y el Río Arillo en Cádiz y San Fernando. Esta última ciudad cuenta además con un jardín botánico de una hectárea y media que permite el acercamiento pedagógico a la flora autóctona y a especies procedentes de América, ambas muy interrelacianadas en la provincia tras el descubrimiento. Como actividad complementaria se dan a conocer técnicas autóctonas de cultivo, jardinería y aclimatación. Navegar a vela por este paraíso es la mejor forma de saborearlo. La dirección del Parque Natural y el Aula del Mar de la Diputación de Cádiz han diseñado una visita guiada a las Marismas de Taruña a bordo de ligeros veleros deportivos. Otra interesante ruta, aunque esta vez a pie, transita por el tramo comprendido entre el inicio de la Playa de Camposoto y la Salina de San Nicolás, en San Fernando. Los eco-turistas están de suerte ante la variada oferta de actividades que giran en torno al Parque. Chiclana de la Frontera y Puerto Real cuentan can una nutrida red de cañadas y caminos rurales muy idóneos para el cicloturismo. La capital gaditana es consciente de sus tesoros ecológicos y brinda al forastero la posibilidad de practicar todo tipo de deportes náuticos, iniciación a la vela y submarinismo, junto con rutas a caballo, diurnas y nocturnas por bellos parajes y playas, conferencias y cursillos de repoblación con especies autóctonas.
Los cascos antiguos de todas las ciudades que rodean al Parque bien merecen una visita, y descubir su exquisita mesa con sus pescados frescos y unos maravillosos caldos. En la liberal Cádiz se redactó en 1.812 la Constitución  más brillante y permisiva de su tiempo, concretamente en la hermosa iglesia parroquial de Son Felipe Neri.  Declarada Conjunto Histórico-Artístico en 1.972, nos deleita con el sabor de su casco antiguo por encima del que se eleva la cúpula amarilla de su catedral, bellamente ornamentada con mármoles y jaspes. Su  playa de La Caleta, donde perviven los restos de un balneario romano, la Casa Consistoria1, el Hospital Provincial o La Casa de Tabacos apuntalan su merecida fama. El Puerto de Santa Maria macera en sus bodegas los vinos de la denominación de Jerez, las finísimas tagarninas y los deliciosos malarmaos a la sal hacen las delicias de los gastrónomos exigentes. Aquí se construyó la legendaria carabela que lleva su nombre y Juan de la Cosa confeccionó el primer mapamundi en el que aparece el flamante continente. De su bahía partirán numerosas expediciones porque fue la capital del trasiego comercial hacia las Indias hasta que pasó a Sevilla. Se la conoce como lo ciudad de los mil palacios, levantados en su mayoría por los acaudalados cargadores de Indias. El de los Duques de Medinaceli, de Araznibar o la Casa de los Cadenas, dan buena muestra de aquel esplendoroso pasado. Su rico patrimonio religioso es otro de sus encantos, con la iglesia prioral de Virgen de los Milagros, un diamante gótico construido entre los siglos XV y XVII o el Monasterio de la Victoria, obra ojival del siglo XVI.  También Chiclana de la Frontera con su casco antiguo de estrechas calles, sus casas blancas de artísticas cerrajerías que ocultan exuberantes patios interiores es digna de mención. Su faro y el castillo de Sancti-Petri encarnan las reliquias arquitectónicas de la villa, levantados ambas en el siglo XIII. Hay que degustar sus ricos caldos, en especial los blancos en compañía de sus famosas papas aliñás y de postre tortas de almendras. Este recorrido turístico suma y sigue con el parque periurbano de Las Canteras de Puerto Real, la villa de San Fernando, vinculada a la Armada Nacional y depositaria de un soberbio Museo Naval, y un poco más lejos la Real Escuela de Arte Ecuestre de Jerez... El mítico cantaor Camarón de la Isla retrata la belleza de este rincón gaditano en unas brillantes alegrías tituladas «Bahía de Cádiz».
 
 Datos De Interés:
 Situación: En la costa occidental gaditana coincidiendo con la Bahía de Cádiz.
Superficie: 10.000 hectáreas. Tiene dos zonas de protección especial en su interior clasificadas como Parajes Naturales: Isla de Trocadero 525 hectáreas y Marismas de Sancti-Petri 170 hectáreas.
Limites: Términos municipales de Cádiz, El Puerto de Santa María, San Fernando, Puerto Real y Chiclana de la Frontera.
Especies animales más comunes: Gaviota cabecinegra, enana, reidora, sombría y argéntea. Charrán patinegro, común. Alcatraz, Pardela cenicienta, Ánade silbón, Pato cuchara, Zampullín chico, Cormorán grande y  moñudo, Garcilla bueyera, Garza real e imperial. Chorlítejo chico, grande, patinegro y gris. Aguja colinegra, Cigüeña negra y blanca, Espátula, Aguilucho cenizo y lagunero, Anguilas, Martín pescador, Flamenco.
Especies vegetales más comunes: Armeria gaditana, Zoostera noltii, Algas, Retama monosperma, Juncos marítimos,  Pinos, Linaria.

Caracteríslicas que lo hacen especial: Grado de antropización muy elevada. Zona húmeda de gran valor natural y paisajístico

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