Parque Natural Los Alcornocales - Sierra del Aljibe

Parque Natural Los Alcornocales - Sierra del Aljibe


Jimena de la frontera, Cádiz


DESCRIPCIÓN

Desde Ubrique hasta Tarifa, el Parque Natural Los Alcornocales en la provincia de Cádiz se despliega compacto sobre la comarca gaditana del Campo de Gibraltar como una unidad paisajística de marcado carácter forestal. Se trata de un conglomerado de modestas elevaciones, las últimas estribaciones del Sistema Bético, circunvalado por un enjambre de hilos de agua, donde la vida transcurre serena entre humedales, alcornocales centenarios y retazos de las últimas selvas de Europa que aún conservan aires tropicales junto a sus arroyos. En él se dan cita las sierras centro, este y sureste de Cádiz, junto con un rincón serrano del centro-oeste de la provincia de Málaga que penetra en sus dominios a través del municipio malagueño de Cortes de la Frontera. Entre todas ellas brilla con luz propia la Sierra del Aljibe, en cuya naturaleza arenisca se alzan las máximas alturas de este decorado ondulado. Linda al norte con el también gaditano Parque Natural de Grazalema y se extiende montuoso hasta el Estrecho de Gibraltar ceñido por un rosario de pueblos blancos a cual más cargado de costumbres, monumentos e historia. En sus ciento setenta mil veinticinco hectáreas toman partido quince municipios, catorce gaditanos y uno malagueño. Tarifa, Facinas, Medina Sidonia, Alcalá de los Gazules, Algar, Ubrique, Jimena de la Frontera, Castellar Nuevo, Los Barrios, Algeciras, Jerez de la Frontera, Arcos de la Frontera, El Bosque, Prado del Rey y Benaocaz de parte de Cádiz y Cortes de la Frontera de la provincia de Málaga. La saca del corcho sigue siendo su aprovechamiento natural más extendido, pero la ganadería, basada en la cría del cerdo en montanera, las cabras y las vacas retintas, supone hoy una actividad en alza. Se denomina monte ordenado a aquél cuyos recursos se explotan de forma racional y el Parque Natural Los Alcornocales tuvo el honor de acoger en su seno al primer monte ordenado de España. En estas tierras se llama chaparro al alcornoque adulto y a su corteza corcho. El corcho, producto que segrega el árbol para protegerse del frío, la sequía y otros agentes externos, aunó tantas cualidades que ningún producto sintético consigue hacerle sombra. A nivel nacional, Extremadura y Andalucía Occidental monopolizan su producción tanto en cantidad como en calidad. En estos montes el descorche tiene lugar cada nueve años, tiempo necesario para que adquiera el grosor que demanda la industria. La saca coincide con un período de intensa actividad vegetativa, cuando las nuevas capas de células que aparecen bajo el corcho facilitan su desprendimiento. Durante julio y agosto los hombres se dirigen al bosque y desnudan al chaparro sin dañar su corteza interna o casco que pondría en riesgo la vida del árbol y la calidad del corcho. Las panas o piezas obtenidas se van apilando en el mismo lugar de su extracción y luego se acarrea con bestias como antaño hasta el fondo de la garganta.

 Gamero, un abrigo guarda el legado de los hombres más primitivos que habitaron estas tierras. Desde la entrada de este mirador privilegiado se divisa el pueblo de  Jimena de la Frontera y el valle del río Hozgarganta. En su interior esconde pinturas rupestres donde se perciben una especie de embarcaciones de gran trascendencia en el estudio del arte esquemático de la Edad de Bronce. Una tumba antropomórfica tallada en la roca rubrica el nacimiento del arroyo del Tiradero. Solos o reunidos en pequeñas necrópolis, estos sepulcros pétreos de ascendencia prehistórica salpican la sierra. En la Laja de las Brujas, el Bacinete, las cercanías de Bolonia, la Dehesa de la Zorrilla y la Sierra del Junquillo descansan las más lustrosas para refrescarnos la memoria. 

Los pueblos del entorno siempre sacaron partido a este paraíso forestal, primero con el carboneo y más tarde a través de la explotación corchera. Otra cosa es sobrevivir día a día en el corazón del bosque, circunstancia que fue curtiendo o sus moradores de generación en generación. Su ancestral aislamiento les condenó a una economía de subsistencia ajena a los intercambios comerciales. De vez en cuando el señorito solicitaba su trabajo o se ganaba un jornal con el descorche, pero la mayor parte del año había que sacar adelante a la familia con los recursos que el campo regalaba y un puñado de animales domésticos. La vida laboral del campero transcurre de sol a sol. Ellas afanadas con las aves del corral, los cerdos y las cabras, las tareas domésticas, los cuidados de la huerta, la elaboración de pan y queso... Ellos fabrican carbón de leña y picón para el brasero; recolectan corruca, cojollos de palmito, verduras silvestres, en especial espárragos y tagarninas, caracoles, setas y cepas de brezo para hacer pipas de fumar; y en calidad de furtivos se adentran en el monte a cazar canejos y pajarillos para introducirlos en su menguada dieta. Junto a la casa se encuentra siempre el horno de pan y el huerto. El trigo se llevaba a moler a los numerosos molinos que salpicaban el cauce de los arroyos, como el del Tiradero cuyo curso daba vida a los molinos del Raudal, de Blas o de Enmedio. En aquella molienda se incluía lo nutritiva cáscara o «afrecho» y con ella se fabricaban grandes panes de dos o tres kilos. Este pan moreno de gruesa corteza oscura y masa prieta tiraba varios días en plenitud de facultades. La abundante roca arenisca o la roca caliza se utiliza como materia prima en la construcción de hornos y viviendas. La obra se completaba can vigas de madera de quejigo y una cobertura vegetal de ramas y hojas de escobones, brezos, aneas, helechos o castañuelas, procedentes de la ya desaparecida Laguna de la Janda. Como testimonio arquitectónico de estas construcciones se alza en perfecto estado un viejo morisco en la parte baja de la Venta de Ojén. Higueras, naranjos y perales no podían faltar en el huerto, pero tampoco los melones y las sandías, además de maíz, garbanzos, judías, habas, «chícharos»... Cerca de la casa pululan las gallinas, alimentadas con trigo, maíz y desperdicios, junto con los cerdos, cebados en montanera a base de bellotas de alcornoques y quejigos, y los fieles perros. Las cabras pastaban libremente y al atardecer se las recogía en cabrerizas cercanas al hogar. Junto con el cerdo y la matanza, apartaban carne al escuálido menú del campesino y con la leche del día se elaboraba un exquisito queso blanco, fresco y cremoso. De cuando en cuando tenían contacto can el mundo exterior a través del «recovero». Era el trabajo desempeñado por un hombre intrépido que cargado de productos del pueblo y la ciudad se llegaba hasta las caseríos y a cambio de leche, queso y animales de corral les ofrecía todas las necesidades que el bosque no les brindaba. En un principio estaba basado en el trueque, pero luego se impuso el dinero y la recova pasó a ser la «dita» y el recovero «ditero». El ditero apuntaba en su libreta la mercancía elegida y el campero la iba pagando en cómodos y modestos plazos. Los escasos días de fiesta se reunían en un cruce de caminos, especialmente en el más importante de la comarca; la Venta de Ojén. Entonces se entonaba el fandango campero. Al calor de este cante y baile típico de las sierras del Campo de Gibraltar con aires de verdiales y fandanguillos se fraguaron muchos matrimonios condenados a repetir un destino anunciado. 

Por su estratégica situación geográfica, el Parque Natural Los Alcornocales en Cádiz asiste a la doble migración que cada año acometen millones de aves de ida y vuelta entre Europa y Africa. En su acogedor medio coinciden muchas especies arbóreas, tales como el alcornoque que preside el paisaje con su habitual nobleza y a él se le suman otras como el quejigo, el roble melojo, habitual en las umbrías montañosas, la coscoja, la robledilla, el acebo, el laurel, el rododendro... En los montes del Parque Natural Los Alcornocales proliferan hasta cuarenta especies de helechos que suelen apostarse junto al agua en el fondo de los arroyos o en bosques muy sombríos, como en Tajos de Bacinete,  el Río de la Miel o el Arroyo de la Hoya. Además del suntuoso helecho real, emergen también otras especies como los pulipulis, la carragüala, el gamón o la carnívora drosofila siempre que el espeso sotobosque se lo permite. Lo drosófila es una planta endémica insectívora que como complemento alimenticio devora compuestos nitrogenados extraídos de los jugos de estos animalillos. Su trampa mortal consiste en segregar un fluido viscoso por los botones rojos que luce en sus hojas donde quedan atropadas las víctimas. La superficie forestal es tan vasta que un claro en el bosque supone un acontecimiento. A estos claros despajados de árboles y matorral que suelen asentarse sobre margas arcillosas se les llama bujeos. En verano se cuartean con la sequía pero cuando hacen su aparición las primeras lluvias los bulbos y las orquídeas brotan para tapizarlo de color verde. Los cardos también proliferan y en compañía de otras p]antas de hojas tiernas convocan a centenares de caracoles, un manjar muy apreciado por las gentes del Campo de Gibraltar. Este hábitat también atrae a numerosos pajarillos como trigueros, escribanos, cogujadas, zorzales, jilgueros, verderones y pardillos. Para completar la visión del Parque Natural Los Alcornocales se hace necesario acudir a sus rincones acuáticos, son valles estrechos y profundos por donde el agua transcurre encajonada entre rocas redondas. A su alrededor brota un exuberante bosque de ribera que se agolpa en las orillas de estas gargantas, fraguando verdes túneles y frondosas galerías a lo largo de su curso. La profusa vegetación nos devuelve a una naturaleza prístina más propia de latitudes tropicales, a esas selvas mediterráneas ya desaparecidas en nuestro maltrecho continente. En el fondo de los ríos donde la humedad y la sombra se hermanan surge la vegetación rupícola. Los bellos Ombligos de Venus, vestidos de verde oscuro con hojas crasas y comestibles y tallo floral vertical repleto de campanillas, rosales silvestres, clemátides de hermosas flores, musgos y líquenes.
Su fauna está compuesta especialmente por el corzo que tiene en estos montes la población más meridional de Europa. Comparte el territorio con venados y jabalíes, mientras que el pato y la perdiz optan por hacer vida en humedales y rastrojales. Las rapaces como los halcones abejeros y los milanos reales hacen parada y fondo en Los Alcornocales para luego continuar su rumbo migratorio. El águila calzada, la perdicera y la culebrera, el alimoche, el halcón, el azor y el gavilán acuden en primavera y verano para anidar, mientras que buitres leonados, cernícalos y ratoneros residen aquí durante todo el año. El ratonero, que planea trazando círculos, es quizás el ave más emblemática del Parque Natural. Su abultada colonia compite en magnitud con la del buitre leonado. El águila imperial también se deja caer por aquí de cuando en cuando. En las inmediaciones del bosque anida el cuco, la abubilla, el abejaruco... Las anguilas surcan las cristalinas aguas de los ríos, donde también coinciden el galápago europeo y el leproso, y la escurridiza nutria en busca de bogas y barbos. El brillante pelaje de este mamífero acuático y noctámbulo está presente en varios cursos fluviales del Campo de Gibraltar tales como los ríos Palmones, Guadiaro, Hozgarganta, Tiradero o Arroyo de la Hoya. Destacan en este entorno otros mamíferos como la comadreja, el tejón, la gineta, el zorro y el meloncillo.   

La Sierra del Aljibe. 

Al noroeste del Parque Natural Los Alcornocales se alza la poderosa Sierra del Aljibe, a caballo entre las provincias de Málaga y Cádiz. Su escarpada fisonomía se distingue del resto de  las sierras.
Junto al pico Aljibe, que con sus mil noventa y dos metros es el más alto de la zona, se alzan también el Montero (917 m), el Picacho (882 m), el Cerro del Gurugú y Hermanillas (720 m).

Coronar e1 Aljibe resulta un reto irrenunciable. La excursión parte de La Sauceda en suelo malagueño, término municipal de Cortes de la Frontera. Este antiguo poblado restaurado en la década de los sesenta hoy alberga una zona recreativa con área de acampada, curiosas cabañas de piedra que se prestan al alquiler y un refugio forestal. Fundado por los árabes, fue frecuentado en fechas más cercanas por bandoleros y contrabandistas que establecieron en aquel recóndito enclave su cuartel general. El arroyo de Pasadallana sale a nuestro encuentro entre viejas ruinas y huertos abandonados. Un sombrío y húmedo alcornocal transcurre paralelo a su cauce. Junto a las ruinas de un antiguo molino cruzamos el arroyo y el paisaje se cubre de rododendros, cuyas flores rosadas en primavera iluminan los tonos verdes y pardos del entorno. A continuación nos encontramos con una gran mole de arenisca y poco después con otra más voluminosa tapizada de hiedra y desde cuyo último extremo se despeña una cascada. Ante nosotros un precioso bosque de alcornoques de edad incalculable con enormes cavidades en sus viejos troncos. Justo después aparece el angosto canuto de los Sauces. Rebosante de humedad crecen acebos y laureles, confundidos entre una maraña de rododendros, sauces y durillos. Entre majuelos, zarzas y juncos hace su aparición la pared rocosa de la sierra. Desde allí se contempla la preciosa orografía de las sierras del Pinar, Libar y Las Nieves, el Peñón del Buitre y Sierra Bermeja y Sierra Crestellina. A esta altura el suelo lo cubren arbustos achaparrados y tras entrar ya en la provincia de Cádiz llegamos a La Pileta de la Reina. El Pico del Aljibe ya se puede tocar con la mano. Entre los canchales observamos la drosofila, la planta carnívora propia de las montañas meridionales ibéricas y el norte de Marruecos. El azote del viento es constante en la cima y el roble melojo le hace cara en su localización más meridional del mundo. Desde esta atalaya pétrea se divisa el continente africano y cuando el cielo está claro casi toda la provincia de Cádiz, perfilándose al fondo las bahías de Cádiz, Algeciras, Gibraltar y La Línea, y más lejos aún la silueta de las montañas costeras de Marruecos.
El Picacho parece una mole de piedra en el extremo noroccidental de la Sierra del Aljibe. Sus ochocientos ochenta y dos metros de altura no impresionan a nadie, pero con sus pronunciadas pendientes se desmarca del conjunto. Nos detenemos en el kilómetro 13 de la carretera que va de Alcalá de los Gazules a Puerto de Gáliz, allí se inicia una vereda que al hilo de un alcornocal nos lleva a la base del cerro. Desde este punto la ruta sube por una pequeña garganta hasta alcanzar un puerto, desde donde se corona por la cima la vertiente opuesta. En nuestro ascenso topamos con una modesta laguna en forma de riñón donde encuentran cobijo la ranita verde, el tritón y el gallipato. Con las lluvias de otoño recobra cada año sus aguas para asistir en primavera a una explosión de vida entre efímeras libélulas y caballitos del diablo, pero en cuanto el verano asoma se deseca. El camino se adentra otra vez en un pinar umbrío, donde brota el arroyo que remontamos. Un hervidero de mechones de agua que se despeñan hacia la garganta de Puerto Oscuro coincide en este paisaje pantanoso sembrado de brezos de los pantanos. Dejamos la cima  a nuestra izquierda y seguimos ascendiendo hasta el puerto.
La garganta de Puerto Oscuro, embrión del río Barbate, presenta un típico bosque en galería de alisos, quejigos y sauces, entre madroños, brezos cuchareros y adelfas. Arroyo arriba, por su orilla derecha, se alza un bosque de alcornoques de recio sotobosque, entre brezos, mirtos, madroños, matagallos, lentisco, agracejos, aulagas, acebuches aislados y algún que otro algarrobo, a medida que ascendemos, el acebuche se convierte en protagonista. De nuevo topamos con un diminuto arroyo perpendicular a la garganta de Puerto Oscuro donde crece un pinar maltrecho, un puñado de pinos negrales sobreviven acosados por el levante y la procesionaria. A sus pies abunda la robledilla en apretado matorral y la vereda cruza otro cauce ribeteado de madroños y avellanos sobre el verde intenso de los helechos reales. La pendiente se incrementa hasta llegar al puerto que separa El Picacho del resto de la sierra. El manto vegetal lo conforma un monte bajo repleto de jara, estepa, brecina, robledilla y drasofila. Tras atravesar un denso matorral entre rocas se llega a un bosque de alcornoques salpicado de poderosos madroños, sobre él se alza una rampa de roca desnuda que culmina en la cima. Poco antes, una mancha de alcornoques achaparrados y retorcidos que no superan los dos metros hace frente a la adversidad. Tras superar la cima podemos presenciar el vuelo de las rapaces y dirigir la mirada al horizonte. En un primer plano se despliega de sureste a noroeste el valle de la garganta de Puerto Oscuro y todo el camino recorrido, donde la laguna arriñonada es un punto de luz en el bosque. Al suroeste, Alcalá de los Gazules y el valle del Río Barbate que se abre hasta perderse en la vega. Al fondo Benalup, Vejer y la Ensenada de Barbate, entre la Sierra de Retín y el Pinar de la Breña. En sentido opuesto, la Garganta del Aljibe se dirige al encuentro del Arroyo del Caballo, que bordea la Sierra de las Cabras por su lado oriental, hasta el embalse de Guadalcacín. De cara al norte se distinguen Arcos de la Frontera, Villamartín y El Bosque. Detrás del Puerto de Ortela y la Sierra de la Gallina se superpone el inconfundible perfil del macizo de Grazalema donde destaca Benaoz. El pico Aljibe queda al sureste y cuando la luz acompaña se vislumbran las poblaciones de la Bahía de Cádiz. 

En el entorno del Estrecho de Gibraltar se condensa el microclima más húmedo de la comarca y las elevaciones más significativas del sur gaditano. Su río más importante es el Arroyo del Tiradero, que nace en Los Llanos del Juncal cerca del río Guadalmesí y muere en el Palmones, transcurre entre las sierras de la Luna y el Niña, sorteando pendientes y precipitándose por cascadas a la largo de veinte kilómetros. Por su cauce circula el agua perteneciente a tres grandes sierras, recibiendo las aguas de riachuelos y torrentes. Ni el tórrido verano consigue acabar con él. En sus orillas, el quejigo predomina sobre cualquier otra especie arbórea, es el caso del quejigal de San Carlos del Tiradero. En ellos anida el cárabo. Sobre sus troncos, el pájaro carpintero repiquetea para anunciar su época de celo. El sotobosque es una masa impenetrable de matas de mirtos y brezos en la que concurren agracejos, labiérnagos, durillos y aladiernos. A su calor tiene instalada su guarida el arrendajo, capaz de imitar a la perfección a todo animal viviente. En otro sentido, una buena gama de setas cubre la hojarasca, entre ellas champiñones, calcetas, yemas, crespillas y rebozuelos. Los quejigales del Campo de Gibraltar se prestan a la conquista de la vegetación epifita, la que crece en las alturas sobre rocas u otras plantas. La humedad ambiental le permite adornar sus troncos y sus ramas con diversos helechos y ombligos de Venus. Las trepadoras irrumpen por su parte con hiedras, zarzaparrillas, nuezas negras, zarzas, rosales, madreselvas y parrones. En su asombrosa feracidad forman segundas copas bajo la copa del quejigo.
Acercándonos al Arroyo del Tiradero. Su cauce espumea sorteando obstáculos entre rocas, creando a su paso algunas pozas o charcones que invitan al chapuzón. Zapateros, libélulas, escorpiones de agua, gambas de río o diminutas lapas que se aferran a la piedra en su lucha con la corriente, ven zambullirse a la nutria, revolotear al martín pescador o tomar el sol a los grandes galápagos leprosos, a la culebra de agua y a la salamandra. Los alisos, con sus trancos forrados de hiedras y parras, se apuestan en sus orillas junto a fresnos, avellanillas, adelfas y escobones. En primavera, los helechos reales junto con los alisos, forman bellos candelabros de helechos hembras. Arroyo arriba, el olor de la violeta silvestre perfuma su nacimiento.
EL Parque Natural Los Alcornocales en Cádiz se proyecta a los visitantes conscientes de defender un medio natural y su patrimonio cultural. Sus distintos caminos conducen al visitante a mágicos rincones, como la espectacular formación rocosa de la Montera del Torero  en Los Barrios, el antiguo emplazamiento de Castellar o Castellar Viejo en Castellar de la Frontera, al Castillo de Jimena de la Frontera o el Tajo de las Figuras en Benalup. Previa tramitación de permisos en cualquier oficina del Porque, su oferta de actividades incluye talleres, senderismo, piragüismo, excursiones en bicicleta de montaña, a caballo o en burro, escalada deportiva en roca y en rocódromo, escalada alpina, rapell, tirolina, rutas multiaventura y rutas ornitológicas guiadas. Todos lo municipios albergan puntos de información o áreas recreativos acondicionadas con parrillas, mesas, contenedores de basuras, fuentes y aparcamiento. También dispone de zonas de acampada, refugios forestales y un camping en Alcalá de los Gazules. La ruta cicloturística de El Picacho o La Peguera es otro recorrido obligado. Sigue la dirección norte-sur por la pista forestal surcando las faldas de la vertiente oeste de El Picacho, Aljibe y Montero. Durante la excursión se cruzan los arroyos que desembocan en el río Barbate, en cuyo curso medio se ubica un pantano. En lo alto podemos presenciar los Buitres. El sol está a punto de taparse y el Porque Natural Los Alcornocales nos despide con un horizonte de recios alcornoques envueltos en brumas. 

Especies animales más comunes: Cigüeñas, Milanos, Halcón Abejero, Aguila Calzada y Culebrera, Alimoche, Buitre, Meloncillo, Zorro, Gineta, Nutria, Turón, Gato montés, Ciervo y Corzo. 
Especies vegetales más comunes: Alcornoque, Roble andaluz, Helecho. 
Características que lo hacen especial: Patrimonio natural de incalculable valor. Conserva una buena muestra de lo que fueron los primitivos bosques mediterráneos.

Acceso: Hay que solicitar autorización de visita a las oficinas del Parque Natural.

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